Jueves 24 de abril de 2008

¿Trabajo?

Son las cuatro de la tarde y en Plaza Once meriendan decenas de tacos gastados, haciendo un alto antes de continuar con el trajín.

Son las cuatro de la tarde y en Plaza Once meriendan decenas de tacos gastados, haciendo un alto antes de continuar con el trajín. La gente que sale del subte pareciera brotar del asfalto sobre la Avenida Rivadavia, volviendo a sus hogares después del trabajo. Un hombre, megáfono en mano, pretende salvar la vida de alguien dispuesto a escucharlo. En la esquina por donde dobla el colectivo 19, una pequeña muchedumbre espera la luz del semáforo para cruzar. Pero hay un hombre que se queda quieto cuando todos cruzan. Es un "fiolo". Una mujer morena, con minifalda, se le acerca y agacha la cabeza mientras él le habla con tono enérgico. Es una escena que se repite a toda hora en distintos puntos de la ciudad.

"A ninguna mujer le gusta estar en prostitución", nos dice Mimí. "Es una situación de necesidad económica, porque no tienen que darle de comer a sus hijos, y en vez de salir a robar o hacer otro tipo de delito, prefieren esta situación donde pensamos que no le hacemos mal a nadie, sólo a nosotras, que ya es mucho también. O también porque están en situación de trata y las meten para lucrar con ellas: traen chicas del interior, del campo, que juntan papas por 50 centavos la hora, como en Mendoza? Yo vine de ahí."

Mimí es integrante de la Asociación de Mujeres por los Derechos Humanos, que reúne a jóvenes y adultas en situación de prostitución, que abrió su sede allí mismo, en la Plaza Once. "La mujer ni siquiera conoce al dueño: el encargado es el que siempre va en cana. -¡Y ahí están, explotadas por todos lados!", y exclama: "-¿cómo van a detectar que la chica joven viene de afuera, si tiene un documento falso que dice que es mayor? -¡Yo conozco mujeres que hace veinte años que están en trata, y ni siquiera saben que existen los derechos! Nosotras siempre tenemos la esperanza de poder salir, de conseguir trabajo y no tener que estar paradas en la esquina ofreciendo el cuerpo. Porque nosotras no decíamos voy a ser prostituta, soñábamos con ser maestras, abogadas, médicas pero nadie nos dijo cómo. -¿Quién puede pensar que nosotras lo elegimos?"

Mimí toma un mate y prosigue: "La prostitución no es un trabajo porque acá el que tiene dinero hace del cuerpo de la mujer lo que quiere, se convierte en su dueño. Un trabajo es cuando vos decidís si trabajas o no en ese trabajo. Las mujeres acá no tienen otra opción. Es la última de las opciones cuando ya no queda ninguna. Además, si se declara un trabajo es como decir que los proxenetas son empresarios y sería favorecerlo."

Y sin embargo, ya hace casi diez años que, con perverso cinismo, la Organización Internacional del Trabajo (OIT), tras estudiar el gran movimiento económico de las redes de trata de personas con fines de explotación sexual, su acelerada expansión y su abultada "contribución" al producto bruto interno, sugirió a los gobiernos regular la prostitución como actividad comercial, para que el "sector del sexo" sea reconocido con "extensión de la red fiscal a las numerosas actividades lucrativas que lleva aparejadas." La Organización Mundial de la Salud (OMS) no se quedó atrás y, para combatir la epidemia del SIDA, solicitó que la prostitución fuera regulada aduciendo que, de ese modo, sería más fácil implementar los planes de control sanitario.

 ¿Qué posición tomar frente a un debate que parte aguas incluso entre las feministas? Quienes optan por considerarlo un trabajo argumentan que hay que desterrar los prejuicios y la discriminación que apuntan contra las mujeres en situación de prostitución. Éste es un motivo que vale la pena tener en cuenta. -¿Pero sólo reconociendo a la prostitución como un trabajo, estas mujeres se encontrarían en una situación de igualdad con el resto de las trabajadoras ante los aparatos represivos del Estado, las instituciones del régimen, toda la sociedad? Más bien, a quienes pone en pie de igualdad es a los proxenetas con los otros empresarios que explotan la fuerza de trabajo de hombres y mujeres bajo el amparo de las leyes de un Estado que les pertenece.

Por eso, Pan y Rosas, al mismo tiempo que exige el cese de la persecución policial y la criminalización de las mujeres en situación de prostitución, el pleno acceso a la salud y la educación y el derecho a autoorganizarse por sus demandas, exige también que todas tengan la opción de ejercer un oficio o tener un trabajo genuino con un salario equivalente a la canasta familiar, vivienda, salud y educación gratuitas, mientras luchamos por la abolición del trabajo asalariado y una sociedad liberada de todo tipo de explotación y opresión. Porque como dice Mimí, en sus sueños de niñas, el futuro jamás se pareció a este presente al que las empujó la necesidad de sobrevivir.




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